La fabulosa herencia de la Princesa Soraya

Soraya, «la princesa de los ojos tristes», la esposa del Sha de Persia Reza Pahlavi (casados en 1951 y divorciados siete años después), fue encontrada muerta en su apartamento de París, en octubre de 2001. Junto a su lecho, sobre la alfombra, fue encontrada una copia de sus memorias, «El palacio de las soledades», un libro en el que relataba cómo, después de ser repudiada por los Siete Sabios del Irán a causa de no haber dado hijos al Sha, recorrió el mundo buscando inútilmente consuelo para su corazón. En su testamento dejó instrucciones sobre el reparto de su fortuna y enseres personales, incluidas joyas, obras de arte y sus pieles, para que fueran subastados. El resultado de la subasta, junto con todo el resto de su dinero, debía ser entregado a su único hermano, el príncipe Bijan, que vivía en Colonia y que falleció también por sorpresa solamente una semana después.

La subasta siguió su curso y la fortuna fue a parar a manos del Estado alemán, ya que no había testamento del príncipe y todos los demandantes que fueron apareciendo hasta ahora fueron declarados impostores por la justicia germana. Cuando el legado se consideraba ya definitivo, la Audiencia Territorial de Colonia ha emitido hoy una sentencia en la que reconoce los derechos sobre la herencia del que fuese chófer y secretario privado del príncipe, basándose en una breve nota encontrada en un cuaderno de Bijan y datada la víspera de su muerte, el 1 de noviembre, a las 23.15 horas. El juagado la ha declarado como intención testamental válida y ha desestimado el recurso presentado por varios parientes iraníes de la difunta Soraya. El recurso alegaba que en el momento de redactar esa nota improvisada no estaba en plena posesión de sus facultades mentales, pero el juzgado ha considerado la firma al pie de la nota como la prueba de la intención de dejar plasmada en firme su voluntad.

Antes de cerrar el sumario, de treinta tomos de documentos, volverá a inventariarse la fortuna de la princesa. El Sha, que siempre la amó a pesar de cumplir con la obligación política del repudio para garantizar la sucesión al trono, se aseguró de que no le faltase nada durante el resto de su vida. Entre los artículos que llegaron a subastarse estaban un Rolls-Royce Silver Spur, de la década de los ochenta; cientos de objetos decorativos de plata, alfombras orientales, piezas de mobiliario, pieles, y una importante colección de obras de arte. También, el anillo de compromiso que el Sha le regalara en su día, una alianza de platino con un diamante de casi 23 kilates, y un collar de zafiros diseñado por el joyero italiano Bulgari, valorado solamente este lote en dos millones de euros.

A la llamada del Estado en busca de herederos, se han llegado a presentar más de cincuenta personas, todas ellas supuestamente entroncadas con la dinastía de Soraya y que exigían sus derechos. Entre ellos, un supuesto hijo ilegítimo del príncipe que fue desenmascarado por el resultado de las pruebas de ADN a las que fue sometido.

Lo cierto es que la administración alemana, que consideraba hace años probado que no había herederos, había destinado parte de esa fortuna a mejorar el alumbrado de las calles, la recogida de basuras y otras carencias de los servicios públicos del Ayuntamiento, en Rhine Westphalia, la zona donde vivió hasta su muerte el príncipe Bijan Esfandiary. Ahora tendrá que presupuestar su devolución.

Con este último y sorpresivo capítulo judicial termina la historia de una vida marcada por un implacable destino que oscila entre el cuento de «Las mil y una noches» y la novela negra y también termina una dinastía familiar. Queda por desvelar un último misterio, puesto que en 1979, cuando Jomeini publica una lista de condenados a muerte por rebeldía encabezada por el Sha y su siguiente esposa, Farah Diba, Soraya no aparece inscrita. Se rumoreó entonces que, a cambio, la princesa Soraya había devuelto a Irán sus famosas gemas, pero no hay constancia de ellos, en sus memorias evitó elegantemente el asunto y en algún renglón de los treinta tomos deben aparecer, o no, las joyas iraníes, que no fueron subastadas.

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