MODA & ESTILO VARIEDADES

Recordando a Loulou de la Falaise, la musa del modisto Yves Saint Laurent

Mujer de pintoresca biografía, fue una influencia capital de la moda de los años setenta. Pasó a la historia como una de las grandes musas de Saint Laurent en una de las pocas ocasiones en las que ese término resulta auténticamente pertinente.

«Me solía irritar ese término», explicaba a la edición italiana de Vogue en enero de 2010. «Para mí, una musa es alguien con un aspecto elegante todo el tiempo, pero que es muy pasiva. Yo trabajaba mucho. Trabajaba desde las nueve de la mañana hasta las nueve de la noche o hasta las dos de la madrugada. No era pasiva. Trabajé en las joyas, en el punto y en las colecciones comerciales. Ahora que todo ha terminado, me gusta pensar que hay un poco de mi alma en la ropa que diseñó cuando yo estaba allí y que yo era una fuente de inspiración».

Compartirá para siempre el título con Betty Catroux. «Betty le inspiraba el misterio y le aportó el estilo masculino», decía de la Falaise , «De mí le gustaba la fantasía y sacó sus diseños más hippies». Se conocieron en 1968 y el diseñador quedó tan impresionado por su carisma que quiso tenerla a su lado a cualquier precio. Empezaron a colaborar en 1972. «Él quería que yo trabajara con él, pero no sabía en qué. Le propuse hacer joyas y él aceptó. Cada día inventábamos nuevas formas de lucir cosas que encontrábamos por mercadillos o anticuarios y creábamos personajes. Lo pasábamos muy bien». «Su verdadero talento, más allá de sus cualidades profesionales incontestables, es el encanto», dijo de ella el diseñador. «Particular. Emocionante. El extraño poder del don de la ligereza, mezclado con la intensidad irreprochable de su mirada sobre la moda. (…) Su presencia a mi lado es un sueño».

Vivaz, fresca, fantasiosa, atrevida y descarada, de la Falaise tenía mucho de heroína literaria. También la biografía. Nació, en Londres, en mayo de 1948. Su padre, Alain, procedía de una aristocrática familia francesa y trabajaba como escritor y traductor. Su madre, Maxime Birley, era modelo de Elsa Schiaparelli, diseñadora y autora de libros de cocina. Según Cecil Beaton, Maxime era la «única británica auténticamente elegante». Con semejante árbol genealógico no es de extrañar que la leyenda que rodeó a Loulou estuviera plagada de anécdotas extravagantes y difíciles de contrastar. Se decía, por ejemplo, que había sido bautizada con un perfume de Schiaparelli en lugar de agua bendita. Sus padres se divorciaron dos años después de su nacimiento y ella y su hermano se criaron en internados. Fue expulsada de hasta tres de esas instituciones suizas.

Su existencia estuvo regida por una mezcla de refinamiento, provocación y rebeldía que, sin duda, Saint Laurent filtró a sus diseños. A finales de los 60 se trasladó a Nueva York y la poderosa editora Diana Vreeland trató de que se convirtiera en modelo. Ella prefirió dedicarse a las noches de Studio 54 junto a Marisa Berenson, Robert Mappelthorpe o Paloma Picasso. Cuando se instaló definitivamente en París, se hizo imprescindible para Saint Laurent y pasó a formar parte de la hedonista pandilla que acompañó al frágil creador hasta su muerte en 2008. «No hacía nada sin mi», explicaba. «Yo mantenía la atmósfera relajada. Si se ponía neurótico, le decía que se dejara de tonterías. Pensaba que nadie se divertiría con su ropa si él no disfrutaba al crearla».

En 1977 se casó en segunda nupcias con Thadée Klossowski de Rola, hijo del pintor Balthus. Lo hizo vestida de reina oriental, con turbante incluido, por Yves Saint Laurent. El diseñador se encargó de todos los detalles de la ceremonia, desde la ropa hasta las barcas floridas que llevaban a los invitados hasta la isla en el Sena donde se celebró. Thadée y Loulou tuvieron una hija, Anna.

Tras la retirada de Saint Laurent de la moda en 2002, Loulou de la Falaise trató de mantenerse como diseñadora independiente con resultados mucho más discretos. Comercializó bisutería, ropa y objetos para la casa bajo la marca Loulou de la Falaise Fantaisies y abrió dos tiendas en París. También produjo una línea de joyería que se vendía en Majorelle, la casa de Saint Laurent en Marrakech. Aunque le costara brillar sin él, Saint Laurent no fue el único diseñador que apreció su potencial como inspiración. En 2007, The New York Times recogió testimonios de varias generaciones que dejaban claro su atemporal atractivo. «Ella es la mujer para la que yo diseño: singular y siempre chic», afirmaba el treintañero estadounidense Zac Posen. «El estilo de Loulou de la Falaise es elegante y refinado y sus diseños son hippies, pero sofisticados», decía el octogenario Hubert de Givenchy.

LOU

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