GASTRONOMÍA

Pan de jengibre, símbolo inconfundible de la Navidad checa

 Pan de jengibre siempre ha sido el símbolo de la Navidad checa.

El árbol con adornos brillantes, los villancicos, la carpa frita y las galletas navideñas son, sin duda, los símbolos principales de la Navidad checa.
El pan de jengibre, alimento que acompaña al hombre durante siglos. Algunos expertos opinan que ya en los tiempos prehistóricos el hombre solía preparar una especie de pan endulzado con miel de abejas silvestres que posteriormente se transformó en pan de jengibre.

Bueno, ya sabes, que los científicos tienen mucha fantasía. Pero sí existen pruebas de que los antiguos griegos y romanos consumían algo por el estilo. Escritores de la época relatan en sus obras sobre la costumbre de sus gobernadores de distribuir pan de miel entre los pobres en ocasiones especiales.
El pan de jengibre tal como lo conocemos hoy en día comenzó a producirse a fines de la Edad Media. Pero entonces sólo podían permitírselo los más ricos, lo que suponía transportarlo muchas veces a largas distancias.

“Los primeros en fabricar el pan de jengibre fueron los monjes en los monasterios. Solían añadirle pimienta, en latín ‘piper’, para hacerlo más picante y por eso más apto para acompañar el vino. De allí también su nombre checo ‘peprník’, que posteriormente se simplificó y quedó sólo ‘perník’ ”.

La receta de pan de jengibre llegó a las Tierras Checas de la vecina Alemania, concretamente, de la ciudad de Núremberg.
“En los tiempos de Carlos IV llegaban a Praga artesanos jengibreros, que entonces se llamaban ‘celetnáři’, y se asentaban en las calles cercanas a la Plaza de la Ciudad Vieja. Una de ellas ha mantenido su nombre Celetná hasta nuestros días.

El pan de jengibre tardó más de dos siglos en difundirse por el país. En Pardubice comenzó a fabricarse en el siglo XVI, gracias a los señores de Pernštejn, según me dijo Antonín Novotný.

“Guillermo de Pernštejn fundó en el año 1512 en Pardubice el gremio conjunto de cerveceros, molineros, panaderos y artesanos jengibreros. Más tarde, en 1759, María Teresa instituyó un gremio exclusivo de los artesanos de pan de jengibre. Entonces es cuando comenzó el mayor desarrollo de esta tradición en Pardubice”.

Al principio se preparaba en moldes de madera tallados. Eran unas verdaderas obras artísticas y se vendían a un precio muy elevado. No es de extrañar que se heredaran de una generación a otra.

Para preparar galletas de jengibre necesitamos:

350g de harina, 130g de azúcar en polvo, 20g de mantequilla, dos huevos, tres cucharadas de miel, media cucharadita de bicarbonato de sodio, una cucharadita de la mezcla de especias para pan de jengibre, que contiene cilantro, badián, anís, canela, clavo de especia, hinojo, pimienta de Jamaica y vainilla, y un huevo para untar las galletas.
Mezclamos los huevos con el azúcar, la miel y las especias y añadimos la mantequilla derretida.

Poco a poco vamos añadiendo la harina con el bicarbonato de sodio hasta obtener una masa ni espesa ni demasiado blanda.
Dejamos reposar la masa en un lugar frío (pero no en el refrigerador) hasta el día siguiente.

Estiramos la masa con el rodillo hasta obtener medio centímetro de grosor. Cortamos las galletas con moldes de diferentes formas y tamaños, con motivos navideños.

Colocamos las galletas sobre la bandeja cubierta de papel encerado dejando bastante espacio entre una y otra.
Metemos en el horno precalentado y horneamos durante unos 8 o 10 minutos. Dos minutos antes de sacar la bandeja del horno, untamos las galletas con el huevo batido.

Cuando estén frías, las adornamos con glaseado preparado de una clara de huevo y 100g de azúcar en polvo.
Quien desea tener las galletas un poco más oscuras, puede añadir a la masa una cucharadita de cacao.

La tradición de decorar el pan de jengibre comenzó a fines del siglo XIX. Entonces se pegaban sobre él imágenes impresas de caballos, soldados, santos, etc. Algunos panaderos solían añadirle flores, espejitos y cintas de colores para darles más brillo.

Hoy en día, se suelen decorar con glaseado preparado de claras de huevo y azúcar. Algunos prefieren diseños blancos, que recuerdan encajes o escarcha. Otros le añaden colorantes al glaseado.

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